
El término ‘globalización’ suele definirse como el fenómeno que provoca que los sucesos que ocurren en una parte del mundo afecten la situación de países o regiones distantes. Es una visión simplista y acotada si se agota en esa descripción estática y no analiza las consecuencias que dicho proceso acarrea. La globalización implica interdependencia, generada por una red de vínculos entre regiones, países y personas que no pueden existir de manera aislada y que se necesitan mutuamente. El dinero, o lo que con él puede comprarse, es la base de esas relaciones y quien lo posee es quien gana mayor poder de decisión y actuación en el escenario mundial.
Los países del primer mundo llevan la delantera y con su superioridad económica, financiera y militar ejercen presión sobre las naciones en desarrollo. A veces, la modalidad es el desembarco directo, como lo hizo Estados Unidos en Irak, y otras veces los mecanismos son más sutiles y se canalizan por vías de mayor legitimidad, como las directivas del FMI sobre países deudores.
Los países del primer mundo llevan la delantera y con su superioridad económica, financiera y militar ejercen presión sobre las naciones en desarrollo. A veces, la modalidad es el desembarco directo, como lo hizo Estados Unidos en Irak, y otras veces los mecanismos son más sutiles y se canalizan por vías de mayor legitimidad, como las directivas del FMI sobre países deudores.
El papel de los relegados
Sin embargo, estas circunstancias no son justificadoras de la resignación. ‘Cada país tiene la globalización que se merece’, señala Aldo Ferrer en su libro ‘La Argentina y el orden mundial’. Esto implica que la responsabilidad por el desarrollo y por lograr la más adecuada inserción en el sistema mundial corresponde a cada nación. La búsqueda de la eficacia, del logro de una mejor calidad de vida, de una solvencia que permita enfrentarse a las grandes potencias permitirá reducir las asimetrías, siempre que se aplique una estrategia centrada en los factores endógenos de progreso.
La fuerza desde adentro
‘La responsabilidad del desarrollo es indelegable y descansa, en gran medida, en el comportamiento de los grupos dirigentes (…)’, afirma Ferrer. Ocurre que, cuando los gobernantes no encuentran soluciones a la dependencia y el retraso, e ignoran las potencialidades del país o la mejor manera de desarrollarlas, surgen grupos desde la sociedad civil que bregan por la justicia social con sus propias herramientas. Nacen así las ONG’s, como Un Techo Para mi País Argentina, y fundaciones como La Luciérnaga, como firmes intentos de ciudadanos que no quieren ser engullidos por la globalización.
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