Empezó ofreciendo un trabajo alternativo mediante la venta de una revista de interés social en las esquinas del centro de la ciudad, pero luego amplió sus actividades a la educación, la cultura, la salud y la generación de micro-emprendimientos, para mejorar la calidad de vida de los niños, adolescentes y jóvenes trabajadores y sus familias.
Sus actividades no sólo se expandieron en variedad, sino también a nivel territorial, promoviendo la generación de pequeñas luciérnagas en el resto del país y el exterior.
A continuación, les mostramos cómo es la fundación desde adentro y qué logró, contado por sus protagonistas.
(Video: noviembre del 2005)
La fundación en primera persona: un luciérnago
Juan Pablo, es uno de los protagonistas de la fundación, formó parte de los vendedores de revistas durante años hasta que actualmente desarrolla un nuevo emprendimiento: el Luci-vird. Participó de manera activa en distintos aspectos: lavaplatos en el comedor, vendedor callejero, promotor del programa de ayuda social “Corazón Luciérnaga”, miembro del equipo del taller de radio que dio lugar al programa “Caretas”, guía y acompañante en un programa para dar a conocer a los extranjeros la fundación (que llegaban para compartir ideas o por simple curiosidad de conocer), uno de los fundadores del Luci-Vird, organización que ofrece el servicio de limpieza de vidrios a locales y edificios del centro de la ciudad. Afirma que la Luciérnaga le brindó la “contención” y la “oportunidad de crecer”, permitiéndole lograr un lugar en la sociedad. En este sentido, refiere al trabajo de Oscar Arias, creador de la fundación, y la Luciérnaga en la sociedad cordobeza:
Antes de ser un exitoso canillita y emprendedor, Juan Pablo vivió en la calle en contacto permanente e implicado en robos, ventas ilegales de mercadería y consumo de drogas, y estuvo más de dos años en el Penal San Martín. Llegó a la cárcel en el 2000, al filo de la crisis económica y social que sacudiría al país un año después, pero que en su hogar ya se empezaba a sentir. “Mi vieja había vendido las herramientas de mi viejo, y peleándola mi mamá imagínate solita con mi viejo inválido, yo le había pegado una puñalada a unos chicos (a dos) me fui a Ushuaia, mi hermana embarazada, y mi otro hermano se juntó, se fue, o sea que quedó sola con todo eso y empezó a vender cosas”, relata al preguntarle por qué volvió a robar en Córdoba. Los siguientes tres meses trabajo de vendedor y remisero, empresas que fracasaron y renovó lo que él llama la carrera delictiva que lo condujo directo al Penal. Fue en la celda del Pabellón Iglesia donde conoció La Luciérnaga, al leer una publicación del Cabezón Sotelo, un poema a las madres. La revista quedó impregnada en su memoria, hasta el día que salió de la cárcel y al necesitar una silla de ruedas para su padre fue directo a la fundación, que le consiguió una por el programa Córdoba Solidaria.
A partir de allí el vínculo con La Luciérnaga creció, aunque como él dice “no fue fácil”, se sentía “tentado a robar”, pero la contención permanente de la fundación le permitió marcar su propio camino. Al recordar a los amigos que dejó atrás y a cómo muchos de ellos murieron o están en prisión reflexiona: “Todas esas cosas es como que te van cambiando, la historia de la vida de cada uno, que los crucé, los conocí, tuve una relación con los guasos, pero yo elegí otro camino que por suerte es más largo”.
Señala como responsables de su crecimiento, no sólo a la fundación, sino también al apoyo de los compañeros, a los aportes humanitarios y económicos de distintas personas y organizaciones, como el caso del Banco Mundial que les otorgó un premio de 10.000 dólares en un concurso nacional de proyectos sociales.
Juan Pablo, al medio, junto a los principales gestores del micro-
emprendimiento "Luci-Vid" a horas de pintar la nueva sede.
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